lunes, 19 de febrero de 2018

Con carácter

Hace no mucho me preguntaban si el carácter puede cambiarse, si es modificable y si este puede ser sustituido por otro que se adecue mejor a las circunstancias, a la coyuntura social y en definitiva contribuya mejor a la convivencia con el resto de las personas. Recapitulando algunos datos que creía olvidados en mi mente, pronto respondí: “no, el carácter nos viene dado, nacemos con él, lo que puede modificarse es la conducta”.


Sin entrar en profundidad en las teorías del (además de otras características, también) psicólogo Michel Foucault, recordemos una de sus afirmaciones: “Cuando un juicio no puede enunciarse en términos de bien y de mal se lo expresa en términos de normal y de anormal. Y cuando se trata de justificar esta última distinción, se hacen consideraciones sobre lo que es bueno o nocivo para el individuo. Son expresiones de un dualismo constitutivo de la conciencia occidental". Pero nos preguntamos ¿y qué es realmente lo normal, el bien o lo bueno? ¿A ojos de quién establecemos todas las características consideradas correctas?

Habitualmente muchas personas, atrincheradas en los cánones de belleza, en los sinfines despropósitos de la prensa rosa amarillenta, en los calificativos más absurdos del corazón en la razón más irracional, luchan por modificar ese carácter, esa gota de esencia, esa característica diferenciada. Se lucha sin éxito por alcanzar lo normal, el bien o lo bueno, se trabaja de forma agotadora en ser algo que no se es, en modificar el conjunto de rasgos, de las circunstancias así como de las cualidades, de cambiar de forma antinatural lo propio de cada persona, destruyendo sin apenas meditarlo aquellos que nos hace ser peculiares, distintos o diferentes al resto. Y es qué, el carácter, por mucho que lo intentemos, es algo tan propio, tan puro, tan de dentro que ¡menos mal! es inmodificable. 

viernes, 19 de enero de 2018

Miedo y otros cuentos.

Corren tiempos complicados para quienes les gusta mirar a los ojos. Son tiempos de pantallas, de dispositivos como el que seguramente tengas enfrente en este momento. En muchas ocasiones la tecnología es el centro de atención de nuestras vidas. Son tiempos en los que los móviles, tablets y demás entresijos informáticos contactan con quienes más lejos tenemos y desconectan del que tenemos al lado. Ahora más que nunca cuesta hablar de emociones. 

Habitualmente hablamos de las emociones sin pararnos a pensar en ellas. No recapacitamos sobre los estados afectivos, sobre lo que nuestro cuerpo experimenta al sentir cualquier reacción subjetiva al ambiente, al estímulo de fuera. La experiencia nos hace aprender y el miedo, podríamos decir que es aquella emoción que más nos hace protegernos, que nos ayuda a la más pura de las supervivencias.

Hoy, que se cumplen 209 años de la muerte de Edgar Allan Poe, hablemos del miedo. De esos acontecimientos vividos que nos dan más fuerzas para seguir.

Habitualmente es común escuchar de alguien cercano un “no tengas miedo”, pero lamentándolo mucho: sin miedo no seguiríamos vivos como personas, como especie. Si el miedo no fuera tan básico como emocional, nuestra vida estaría en peligro constante, simplemente: moriríamos sin miedo.

Junto a la tristeza, al asco y a la ira, posiblemente el miedo sea de esas emociones que hemos calificado habitual y erróneamente como “negativas”. Y es que al mismo tiempo es un estado universal, transversal a cualquier persona del mundo y a las diferentes culturas. El miedo puede ser desagradable, nos puede hacer sentir indefensos pero nos impulsa a buscar ese lugar de protección en el mundo, a superarnos, a resguardarnos independientemente de la edad que tengamos.

Y es que, al fin y al cabo, como decía Poe "Solo los que sueñan de día son conscientes de muchas cosas que escapan a los que sueñan solo de noche". Para escapar del miedo, no hace falta padecer alexitimia, la incapacidad de sentir, sino trabajar nuestra capacidad de poder soñar, de poder contactar con lo más interno al ritmo que desconectamos de lo digital. 



miércoles, 10 de enero de 2018

Mi tiempo. Todo. Locura.


El tiempo, que todo lo cura, pasa sigiloso entre las letras.

Hace poco en un mensaje de fechas navideñas alguien me sugirió "¡Escribe!". Aquí estoy de nuevo, con más retos pero con el simple placer de escribir, de leer y navegar entre las líneas de la infinita incertidumbre de quien no tiene otro disfrute que ordenar unas palabras que combinadas hacen, al menos, que parezcan pensamientos.    


Ha pasado tanto tiempo que me dejé de lado para convertirme en un todo, que no soy la misma que aquí tecleaba sin medida. He cambiado, no soy yo. Permanezco en ese cuerpo que envejece con distintos raciocinios, reflexiones, sensibilidades y más experiencias acumuladas. Pero soy otra mujer, más mujer, menos persona, más gente. Ahora, en esa huida hacia delante, quiero volver aquí para recuperar algunos de mis pedazos que quedaron en el camino, en el principio de ese camino. Como una inercia feroz, vuelvo para coger impulso hacia el futuro, para reajustar mi mente, mis letras y mis sentires. Dejadme volver aunque sea para regresar a donde estaba hoy. No soy la misma que hace años permanecía impulsada por otros principios. Soy la misma ideología, la simple transición del tiempo, la misma melodía con diferente letra, sin compás ni entonación. 

Dejadme seguir cantando, dejadme coger fuerzas sin el ritmo ordenado de las palabras. 

He vuelto aquí, quizá para quedarme otro tiempo.

lunes, 2 de junio de 2014

Abdicación y referéndum

"Que sea como un viento 
que arranque los matojos

surgiendo la verdad,          
y limpie los caminos          

de siglos de destrozos      
contra la libertad".               



                                            José Antonio Labordeta

domingo, 11 de mayo de 2014

Luces, música y acción política.


Entrada relacionada con la siguiente noticia: Euro-visión 

Nos preocupamos por poner todo bonito, sin guirnaldas de los chinos pero con luces de neón que nos recuerden a cualquier garito alternativo que ya estamos acostumbrados a ver.
Intentamos mojarnos, hablar en inglés y lucir los vestidos más “in” para estar lo menos “off” posible… Simplemente para expresar con melodía lo que todos dicen con las mismas notas, pero en diferente orden, para percatarnos de nuevo, que la música, cuando es cuestión de competir entre países se trata, lamentablemente, de aspectos políticos.
La música huele a política y más si se intenta trasmitir a nivel europeo. Abucheos hacia lo que los medios de comunicación nos dicen que silbemos. Aplausos y apoyos a lo que los telediarios matinales y nocturnos nos quieren decir que apoyemos y, finalmente, damos la victoria a una persona con barba y con un vestido de lujo, aparentando nuevamente que se la damos por su voz, pero simplemente gana por los pelos. Aparentando,  otra vez, que somos muy justos, muy respetuosos y estamos ante una Europa plural en la que lamentándolo de nuevo nos escandalizamos cuando nos enteramos de que el vecino del quinto nació Manuela y ahora es Manuel y que se casó con un tal Antonio que se había separado de su mujer un par de años antes tras tener dos hijos.
No nos disgustemos cuando vemos escandalizarse a la vecina del octavo piso cuando ve los calzoncillos del matrimonio colgados al mismo tiempo, cuando nosotros mismos nos dejamos llevar por los medios y utilizamos el aplauso gratuito ante cambios físicos poco comunes pero que poco a poco no deberían de servir como espectáculo mediático como si de la mujer barbuda de un espectáculo ambulante se tratara.